El don

No hace mucho ni poco, me dijeron que tenía una cualidad positiva (¿en serio?): el don de la observación, el de estar pendiente de pequeños gestos faciales, difusos fruncimientos de ceño, medias sonrisas, miradas y lenguaje corporal. Habría que preguntarse qué tiene de positivo aprender con avidez a buscar gestos de desprecio o confirmación para moverse según lo que no ofenderá o según lo que crees que los demás quieren oír.

Pero cada vez menos. Afortunadamente.

Lo malo es que no sé dónde termina lo observable y empieza la paranoia.

Como cuando creo adivinar en tus ojos una chispa plateada. Como en las pelis de ciencia ficción, como en los dibujos. Chispa de relámpago blanco que me mostrase una escena no deseada. Una escena que, durante ese segundo, se te escapa como un rayo o no te importa derramar, como si la tirases con ballesta. Certera e hiriente. Ese sentimiento flecha que me mata devorándome el hígado cada vez, Prometeo y el águila. Porque ese brillito fugaz de estrella es de odio profundo.

Me odias. Y lo siento en la piel, electricidad en el aire.

Sé también de tu frustración al no poder manifestarlo. Sé de tu rendición. Sé qué te han encadenado. Te han condenado a oírme rebuznar sin posibilidad de escape. Estoy aquí y no eres tú quien podría echarme.

Y otras veces te doy así como un poco de pena, porque intuyes que lo sé. Y eso me descoloca.

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