viernes, 25 de octubre de 2013

Gracias por venir

Gracias por venir. Me he pasado casi 48 horas (¿más, menos?) repitiendo la única frase que me salía. Era esa o Menuda mierda. Esta última algo menos formal para la ocasión.

He abrazado mucho. Mucho. Venían a abrazarme a mí, que no tenía consuelo, y yo les consolaba a ellos. Les acariciaba la nuca y les decía "ya, ya..." o "lo sé, lo sé" e incluso "ya está, tranquilo, tranquila". Y era agradable, suave. Todos esos cuellos temblorosos. Todo ese amor.

Otras veces me tiraba como a un madero que flota en el mar, en plancha, y me agarraba para no perderme en la niebla. Y era yo la que me derramaba en hombros ajenos, sabiendo que no había orilla y que sólo quedaba dar besos, abrazar y un caldito de puchero tras otro donde cómo iba a poder comer nada si él ya no podía.

He callado. He callado hasta quedarme sola o con mi costillo. Y he apoyado la frente en el cristal y las manos y bajito le llamaba para que se levantase. Sabiendo que no. Preguntándole cuándo iba a volver, por qué no se dejaba de tonterías y se levantaba de una puñetera vez, dónde estaba. Y otras veces me quedaba ante la puerta leyendo su nombre y le decía al rótulo en voz alta, cabreada, que ese no era él, que ahí no estaba mi padre. Y me enfadaba preguntándole dónde narices se había metido. Y quería buscar un rotulador gordo, negro, para tachar esa puta palabra: FALLECIDO. Y todo eso me pasaba por la cabeza sabiendo que era mentira, que parecía una loca, pero sin poder dejar de hablarle todo el rato.

Mi costillo, pobre, lloraba al oírme decir esas cosas mientras el suelo se abría a mis pies y el mundo se me desplomaba encima.

Luego volvían los abrazadores que querían consolarme pero buscaban consuelo. Y me decían que habían perdido a un hermano, a un amigo, a un ser insustituible. Los que podían hablar, claro.

Pero cuánto amor, madre, cuánto amor. Qué suerte tengo: cuánta gente quería a mi padre. No se cabía allí, sigo sin dar a basto a besos, a mensajes, a llamadas. Todos me cuentan cuánto lo querían, qué buena gente era, qué divertido, dicharachero, buen amigo, inteligente, culto, generoso, buen conversador... Mi padre se ha ido rodeado de amor, con las ganas de vivir intactas, sin enterarse. Qué buena muerte, papá, qué buena muerte si es que ese concepto existe. Pero qué temprana y qué injusta.


lunes, 7 de octubre de 2013

Una taza de café

¿Todos somos compradores impulsivos? Yo sí. Mucho. Que lo sea no quiere decir que me deje llevar, sólo a veces.

Una de esas veces fue un libro que se llamaba “Una taza de café lo arregla todo”. Me gustó la portada, el título, la reseña. Menudo bodrio, por cierto, no pasé de la página 50. ¿He hablado aquí de él? No estoy segura, creo que sí.


Mike & The Mechanics, Another Cup of Coffee.

Esta canción habla de relaciones rotas, de lo pasado, de tomarse otra taza de café como un “sigue adelante” ¿Todo con una taza de café mejora? No, claro.

Un suspiro, un alto, un descanso del torbellino en la cabeza. Paladear y entrecerrar los ojos, sólo el sabor suave y amarronado. Supongo que es la pausa del cigarrillo que tan bien he conocido. Un momento de standby. Y, por lo tanto, una pequeña reflexión, tomar una bocanada de aire, un trago de café. Y acariciarlo con la lengua mientras inunda la cavidad bucal en un gesto de autocaricia, autoconsuelo.

Esta mañana he venido cantando “Don’t look back, don’t give up. Pour yourself another cup”. Y también es como un suspiro, otra semana que empieza.

Tómate otra taza de café y sigue adelante.