martes, 25 de febrero de 2014

Querido S.

Te escribo para anunciarte que ya estoy donde querías, que ya he llegado.

Tu obsesión por que no trascienda nada de tu interior merece un premio. Eres un agujero negro en el que todo se pierde y del que nada sale. Como tú deseas.

Siento haberme dado cabezazos contra el cristal antibalas de tu vida. Qué desconsiderada por mi parte.

Lamento que cada palabra haya supuesto una amenaza hasta tal punto que ya no me quede aliento para susurrarlas. Porque no eran amenazas, sólo palabras, nunca preguntas.

Me pesa que cada frase haya sido un nuevo ladrillo en tu muro.

Me duele, no sabes cuánto, que tomes y nunca des. Un sólo indicio de que me echas de menos alguna vez habría bastado. Un "me alegro de verte" o "te sienta bien ese brillo en los ojos". Porque me han brillado, pero nunca para ti.

Así es que, enhorabuena, ya estoy donde tú querías, lejos. Me rindo. Buena técnica la de cansar al adversario. Sólo que no has tenido en cuenta que yo nunca he sido uno. Ya no me haces bien. Esto es una lucha desigual y estúpida en la que no he presentado batalla.

Ni bandera blanca, para qué. Deserto. Me doy la vuelta y camino despacio; triste, humillada, perdida. No sé qué ha pasado. Disfruta lo conseguido, una vez más.

Rompo la baraja.

No deseando que seas feliz, te quiere,

B.

viernes, 21 de febrero de 2014

Voraz II

A veces siento mis ojos como pozos-agujeros negros. Que se comen la luz y no tienen fondo. Dos charcos de agua oscura, platos de tinta, de par en par.

Toda piedra que caiga en ellos es absorbida. Ondas lentas en la superficie se apagan.

Luego viene el vómito violento consecuencia de los atracones. Demasiada información hasta para mi ansia. Me desbordo por los ojos y se me inunda el cuerpo de lágrimas coloridas.

Me vacío por ellos y me quedo sin alma, arrastrada por la riada. Me quedo frágil y vulnerable, platos hondos blancos y huecos. Para volverlos a llenar.

Este hambre no se cura.

jueves, 20 de febrero de 2014

Voraz




Mi madre cuenta que nací con los ojos abiertos. Que iba con ella en la camilla por los pasillos blancos con los ojos como platos, bizca, mirando las luces del techo. Y es que nací con hambre.

Lo sé porque, tantos años después, sigue siendo una constante en mi vida. El hambre por saber, mirar y entender. Ansia que tanto placer y dolor me ha traído. Aprender, destripar entre los dedos crueles, comprender los porqués y los cómo.

Me miro al espejo y veo esos ojos voraces que tan bien conozco. Ojos que tuve nublados durante años y que apenas he recuperado. Pero ahí siguen. Y el mundo exterior no es sino pura provocación constante, cantos de sirena con y sin trampa. Ansia heredada, amada y fundida en el abrazo de lo que no puede ser extirpado. Yo soy el hambre. Como lo fue mi padre.

Ojos a veces inundados de luz y otras de sangre dulce al darme cabezazos contra los muros. Porque hay gente que se rodea de muros de diamante. Y mis ojos apenas aciertan a arañar lo imposible. Y me vuelvo loca. Porque la sangre llama a la sangre y quiero saber, quiero abrir, romper y separar. Y escondo las manos, me muerdo los labios para que no se note el temblor de la rabia, el dolor del ansia frustrada.

Otras veces el premio es un interior de nuez blando, rodeado de ataduras, envuelto en cadenas y de color rojo palpitante. Y mis pestañas cuchillas diseccionan cada centímetro. Voracidad sin freno.
Después de haber toqueteado el alma, masticado su esencia y absorbido su olor, mis ojos, pozos de agua viva, aún buscan peinando la larga melena de otros, lamiendo con la mirada para saborear y succionar todo soplo de luz. Asunción de lo útil, bello o deseado. Escupir después mi egagrópila de búho, los restos.

Pero cuando no hay premio ¡ay, cuando no hay premio! Sangre amarga inundando la frente. Ojos negros por dentro, chispitas verdes de fuego de Fénix. Ardo, a través de la mirada y muero para volver a nacer. Y empezar todo de nuevo.

Mi madre cuenta que nací con los ojos abiertos. Y este hambre no se cura.