lunes, 22 de julio de 2013

Yo, Salieri

Tercera acepción del prefijo Meta-, según la Wikipedia:

3.- También puede significar “que trasciende”, “que abarca”, en términos como "metalenguaje", significa que el concepto que designa el sustantivo recae sobre sí mismo, en este caso, hablaríamos de un lenguaje que reflexiona sobre el lenguaje mismo; "metaliteratura" es la literatura que analiza el concepto literatura.

Y yo vivo en ese prefijo constante: fuera de las cosas, sin conseguir que me lleguen, deambulando por su exterior. Demasiado selfconcious como para dejarme llevar. Mirando con curiosidad casi científica y una buena dosis de envidia a los que pueden hacerlo, a los que saben hacerlo. Porque yo no. O yo rara vez.

Si estoy leyendo un libro es fácil que acabe saliéndome de él y se me llene la cabeza de preguntas. ¿Qué está queriendo hacer este autor? ¿Adónde quiere llevarme? ¿Con qué recursos? Y claro, no queda hueco para que me entre la historia por los poros. Barrera de comentario de textos levantada durante mis años de estudiante. Barrera de coral que araña y rompe porque muchas veces la historia o las ideas no pueden pasar.

A las pocas páginas me saltan las alarmas:  este tío es un pedante, esta señora se pincha, este petimetre se ha documentado leyendo tapas de yogur, esta soplagaitas tira de tópicos que lo flipa. Y así van cayendo maniqueísmos, lugares comunes, "en mi mente", errores de concepto, ideología. Y qué decir de faltas de concordancia, leísmos, laísmos, palabrería pomposa y demás. Un desastre. Un puto desastre esta manía mía.

Soy el Salieri de Amadeus que odia a Dios y le declara la guerra porque le ha dado la virtud de admirar la grandeza de su envidiado pero no el talento para igualarlo. Pero yo ni siquiera soy un Salieri. Mis argumentos cojean, la impaciencia me come y no reviso mis textos, salto de un asunto a otro, cometo faltas, no sé puntuar. No sé escribir pero soy una crítica feroz de todo lo que leo. Y sólo detectar un indicio de que puedo estar tratando con un borrico pomposo me quita las ganas de seguir. Hay mucho borrico pomposo escritor, no me fastidies. Y mucha borrica pomposa lectora: servidora, para lo que gusten.

Y así he pasado de lectora compulsiva, de ratón de biblioteca, de oruga voraz a señora que no lee.

Esta no es la única razón. Pero es importante.

jueves, 18 de julio de 2013

Uróboros

En Barrio Sésamo se repetían muchas de las animaciones y canciones: el "uno-dos-tres-cuaa-tro-cin-co-seis-sieete-ochonuevediezoncedoce tururururu" del pinball es un clásico. Pero yo recuerdo una que me gustaba especialmente y que no he podido encontrar pese a buscarla bastante. Se trataba de un dibujo en el que un pintor iba dando brochazos de pintura roja a las paredes del cuadrado en el que estaba inserto, arriba, abajo y a su alrededor hasta que se iba quedando sin espacio disponible y, en un último brochazo, se eliminaba a sí mismo en el hueco reducido que le quedaba.

 

Metáfora que me ha venido a la mente al verme acorralada y rodeada, cada vez más restringida de movimiento y reacción, por mi propia rabia. Una rabia que me come y me bloquea, que me va encogiendo la piel cada vez más hasta ser pequeñita, yo misma un pequeño punto de energia negativa, como si fuera el principio del Universo. Pero de un Universo feo y que quema. Y si me sigo encogiendo ¿aumentarán tanto mi masa y la presión que me convertiré en un agujero negro? ¿Acabaré implosionando o devorada por mí misma, como la serpiente uróboros?

¿O acabaré rendida al cansancio y lloviendo mejillas abajo sin poder dar explicaciones?

 

martes, 2 de julio de 2013

Contra todo pronóstico

Él es mi compañero de trabajo, a un montón de distancia, en otro país. Empezamos con mal pie y así no se podía trabajar. Hasta que un día hice lo que el instinto me decía que no debía: hacerlo personal. Le pedí disculpas si a veces preguntaba demasiado, pero estaba aprendiendo; le aseguré que en ningún caso pretendía hacerle perder el tiempo y que valoraba muchísimo su ayuda. Le pregunté que por qué contestaba mal en muchas ocasiones, que prefería que simplemente me dijera que no podía ayudarme y punto. Le expliqué que, sin su asistencia, estaba atada de pies y manos, porque hay cosas que sólo desde la central pueden resolverse. Que entendía que pudiera estar estresado, pero que yo no tenía la culpa. Y BINGO.

Nos hicimos amigos.