lunes, 10 de agosto de 2015

Dulce

Todos los días salgo de casa con los bolsillos llenos de miel. Y voy soltando pegotes por las calles, los semáforos y los árboles. Hundo los dedos en el ámbar dulce y acaricio el mundo con ellos.

Sé que muchos pensáis que es una pérdida de tiempo, pero por una sola mosca que sonríe merece la pena. Una vez contentas, ya no ven el bote y la tapa.

Se cazan más moscas con miel que con vinagre.

sábado, 8 de agosto de 2015

La luz

Alcanzada por la luz, clavada en un baño de energía. De entre las nubes brotando el fuego frío, rompiendo la brisa brutal y arrasando con el murmullo de las hojas. Los árboles dejan de frotarse, no hay lugar para el tiempo. Y así, congelado el sonido en un silencio que ensordece, éxtasis berniniano de Santa Teresa, crucificada en el rayo, encendida. Quiero morir aquí llena de luz. Quiero deshacerme en humo blanco empachada de sol. Y sonreír brillante para siempre.

martes, 21 de julio de 2015

Un día más

Regálame un día más. Uno solo pero uno cada vez. Un día más de tu presencia, tu sentido del humor, de tu mente clarísima, de tu cariño. Un día más de tu lucidez y tu apoyo, un día más de tu cabecita loca.

Cada día, cada minuto, es una batalla ganada a lo que no es bueno. Se le empuja y se le hace saber que no va a poder ser esta vez, que no te vas a rendir y nosotros tampoco. Porque donde falle tu fuerza están las nuestras. Y porque tu fuerza es más que la de los demás. No me importa recordártelo mil veces. Por un día, solo uno. Pero uno cada vez.

lunes, 22 de diciembre de 2014

El aloe revisited

Encontré la casa perfecta. O eso creí entonces. Firmamos papeles y papeles, nos dieron un montón de llaves. Qué emoción, QUÉ NERVIOS. Nuestra casa. Abrimos la puerta.

Entré en la cocina y allí había... un aloe. Un enorme aloe en un enorme macetón. La flamante ex dueña del piso nos lo había dejado, además de kilos de roña, peste a pis de perros y un gusto por la pintura de las paredes un tanto peculiar. Digamos que he visto en películas prostíbulos asiáticos más elegantes.

Pues eso. Un aloe. Otro aloe. Lo miré. Me miró. Suspiré y me dispuse a dejarlo morir.

Pero lo cuidé. Pobre, qué culpa tenía. Pero no. Pero sí. Pero casi. Y cuando ya estaba arrugadito y pocho decidí que pasaba página. Que por mucho que desease que muriese la Malaputa y lo sublimara reflejando esas ganas en él a modo de asesinato vicario, ella no era un aloe. Ni la pobre planta era culpable. Y yo, que soy incapaz de matar a un Sim, tampoco disfruto dejando morir a una planta.

Es mi aloe. Ahora es mi aloe. Y lo sigo teniendo. Aunque sigo creyendo que el mundo sería mejor sin la Malaputa. Y con más aloes.

domingo, 14 de diciembre de 2014

La Aloeicida

Una vez la Malaputa me regaló una planta. Yo no sabía qué hacer con ella. Ni entendía por qué me la había traído. Es verdad que eran “hijos” de su aloe y que también le había traído otros a las demás, pero sigo sin comprenderlo. Si me odiaba, si me hacía la vida imposible, si buscaba la mínima ocasión para hacer daño ¿por qué tener un detalle bueno conmigo? Supongo que por aparentar que nada tenía en mi contra.

Pobre aloe. Él no tenía culpa de nada. Pero yo me negaba a cuidarlo. Lo dejé en casa y no volví a ponerle la vista encima más que para certificar su defunción y tirarlo a la basura.

Al cabo de un tiempo me preguntó por él. No veía por qué mentir, le dije que se me había secado, que no tengo mano para las plantas. Y me trajo otro.

Y también lo dejé morir. Como en “Cría cuervos”, si por casualidad se topaban mis ojos con él, recitaba: quieroquetemuerasquieroquetemueras. Ni agua ni luz ni pena. Era una puta planta, por favor.


Sin embargo, escribo esto. Pobre aloe. Pobre

jueves, 4 de diciembre de 2014

Cuando morí

"Cuando murió mi padre..."

Parece una frase de novela, pero no. Es una sentencia (de muerte) cerrada y completa porque no tiene revés. Cuando murió mi padre, como iba diciendo, la mezcla de ideas y sentimientos era un coctel imposible de sensaciones abstractas. O no sé cómo llamarlas. Sensaciones fuera de la realidad pero tan tangibles. Todo se dio la vuelta y perdí hasta la noción de identidad. No ya del tiempo, que pareció ir hacia atrás y, a ratos, hasta detenerse. Mi padre era yo y yo era mi padre. Como si de repente a mi persona le faltara un trozo que la definía. Mis ojos mirándome desde la foto de su comunión, su boquita apretada como la mía a una edad parecida. Y en sus/mis ojos el pensamiento. Saber qué pensaba en esa foto porque lo pensaba yo. Con sus manitas asiendo el librillo, de blanco.

Papá, yo eres tú. Sobre todo en esa foto. Pero cómo y por qué ya no estoy si sigo estando. Si soy yo la de la foto pero ya no estoy, pero ya no estamos. Como si se hubiera apagado un pedazo de mí misma y ya no supiera quién soy o justificar mi presencia. Tú no podías irte porque estabas en mí pero a la vez estaba el hueco horrible. El de no saber cómo celebrasteis ese día de comunión, el tacto de tu perra, el placer de los corales, los avatares del estraperlo, el mar en la piel.

Sentir que somos la misma persona, yo que tanto me he enorgullecido siempre de nuestros defectos y virtudes. Del despiste que nos hace tantas putadas, de ser demasiado confiados, de la extroversión, de creer que todo lo que viene es bueno, la intolerancia a la frustración y los caprichos. La pasión por la tecnología, el ansia por aprender.

Pero no somos la misma persona. Me ha costado mucho entender que no he muerto yo también y que me arrastraba nuestra identidad común. Me ha costado entender que es justo lo contrario. Que estas vivo en mí porque eres parte de mí para lo bueno y lo malo. Genética y emocionalmente. Que este cachito de corazón renegrido que se me ha muerto es que he envejecido, pero solo un poco, porque me faltas tú. Pero que este mismo rincón es negro de esponja y amor donde atesoro tus/mis ojos, nuestro olor y nuestro dolor.

Descansa en paz, papi. Descansa dentro de mi pecho, entre las costillas, iluminando mis días. Porque vives en mí. Y yo en tu nombre.

sábado, 26 de julio de 2014

Me gusta

Me gusta el sol de invierno pero, sobre todo, el de primavera.

Me gusta el roce suave y blando de mis muslos al andar cuando llevo falda.

Me gusta la brisa fresca y que me revuelva el pelo o me levante el flequillo.

Me gusta el ris-ras del zapato con media, autocaricia no planeada.

Me gusta su cuerpo que huele a niña y los abrazos en la cama.

Me gusta el frescor dulce del melón en mi boca. Y en la suya.

Me gustan sus ojos chinitos por la mañana y me gustaría besarle la frente y decirle que ya, ya, un poco más.

Me gusta cerrar los ojos en el metro y evadirme.

Me gusta abrir la tapa de la funda roja con lunares del ebook y preguntarme qué quiero leer hoy.

Me gustan los masajes en los pies.

Me gusta levantar la vista y encontrar sus ojos, complicidad implícita y secreta.

Me gusta fijarme en los zapatos de la gente cuando estamos sentados.

Me gusta salir del agua y tenderme bocabajo en la toalla, sintiendo los puñalitos en la espalda del sol. Y hacer pequeñas tumbas con el índice y usar piedrecitas enanas como lápidas.

Me gusta escribir.

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