lunes, 6 de mayo de 2013

Del amor blandito y no tienes poder sobre mí


Llevo unos días dándole vueltas a este tema, más que nada por verlo escrito. Porque para ello debo organizarlo, escoger las piezas que forman el marco del puzzle, intentar (en la medida de lo posible) alisarle las arrugas, alejarme un poco y mirar así la obra impresionista, la bóveda celeste para descubrir oriones y falsas leyendas.

La sensación que intento describir podría definirla como de “acolchamiento”. Y es buena, pero es mala. Es bien, pero es mal, como se diría en Twitter.

Bien, porque protege y todo viene como de lejos. Como estar en el agua y oír una voz que viene de fuera, como tapones de espuma en los oídos, como estar envuelta en un edredón de plumas y la cabeza debajo, respirando suave, blando, blanco y beig. Bien porque es sentir que lo feo, lo estridente, lo que podría romper, resbala por la piel como con aceite de almendras (TAN agradable). Bien, porque es como ver la peli de otro, creyendo que no es a ti.

Mal, porque todo lo anterior es falso. Decorado de cartón que se moja a la más mínima. Mal, porque es tuyo y no lo sientes, no lo vives, no lo cabalgas y dejas atrás. Mal porque, si no se atraviesa, se enquista. Y mal porque, al no salir, luego es válvula a presión de terremotos y berrinches infantiles que al final acaban doliendo tanto como la picadura de una avispa. Pequeñito y redondo pero que va haciendo ondas de dolor hasta alcanzar donde no quieres.

Del amor blandito es eso, sonrisas a media luz, qué poco me cuesta sonreír. Es sentirme blandita y suave, es no sentir.
No tienes poder sobre mí es que no me puedes alcanzar.

Y al leer ambas frases juntas o en poco espacio de tiempo, he entendido que es una señal divina como otra cualquiera (que podría haber sido un soplo de viento o que me cague un pájaro) para escribir de una vez qué es eso del acolchamiento y si es angelito o satanás.

Y me dice alguien experto en la materia que no es bien, para nada.

Pero mientras tanto… oye, mientras tanto. ¿No?

domingo, 5 de mayo de 2013

Del amor blandito y no tienes poder sobre mí (explicación)

(POST con y sin explicación)

He escrito un post. Se llama Del amor blandito y no tienes poder sobre mí. Ambos títulos de la mano de fle. El primero, por ser parte de su blog; el segundo, por ser una frase de una de mis películas favoritas y citarlo ella en twitter no hace mucho.

Aquí explico el post lo más claro y breve que sé, a ver si me sale.

De una forma u otra, por una u otra causa, tengo tendencia a la depresión suave. La depresión para mí no es estar triste y llorar (a ratos) sino que también es, dependiendo de su gravedad, una visión de una especie de pozo oscuro del que no sé salir, un paño negro que me cubre la cabeza. Ya estoy con la retórica ¡concéntrate, Bereni-C!.

En cualquier caso, no sé si con la edad o por qué, he descubierto que a veces, cuando no estoy bien, el estado de abatimiento y desesperación cambia. Y cambia porque llega a su cénit, a lo máximo, y de ahí, en vez de caer en picado desde lo alto de la montaña de la angustia, me deslizo blandamente por las nubes, saltando de una a otra (booooing booooooooing). Es un momento estupendo, porque me libera como si abriera la espita de la olla a presión y me siento flotar, tranquila, relajada. Tanto es así, que hasta me parece tener la piel más suave (#encerio).


Es una relajación de palo, y por eso también me crispo súbita y violentamente, pero ese periodo de descanso me hace bien. Porque es como si me cubriera una capa de aceite (con olor a almendras, of course): todo me resbala. Esos días estoy callada, tengo la impresión de que hablo menos y más bajo, todo me viene como de fuera, como si tuviera los oídos taponados con algodón (mi corazón envuelto en porexpan, nada puede dañarlo). Está bien eso.

Bueno, pero no está bien. Porque no es real. Así es que es una huida hacia dentro (
mode avestruz on) en la que no afronto, ni peno, ni atravieso ni resuelvo nada. Por eso es malo. Porque yo sigo mal y sigo sin querer ver a nadie, sin poder concentrarme en la lectura, sin querer salir a la calle, sin querer hacer otra cosa que no sea meterme en la cama y taparme con el edredón.

Y de ahí nació el post que podréis leer mañana.

viernes, 3 de mayo de 2013

Los posts crípticos y yo. Una historia de amor.


Releyendo y preguntándome por qué tengo una cosa en la cabeza y me sale otra.
Aparte de que la palabra circunloquio parece que la inventaron para mí, me dejo llevar por el ritmo de las frases en una imposible prosa poética que no me sale, que no.
Si a eso le sumamos que no hablo claro porque no quiero que se entienda claro o que nadie se dé por aludido* aunque nada tenga que ver, pues ya está el post críptico en su punto. Oliendo a vainilla y así, con guinda y todo. Y a mí NO ME GUSTA LEER POST CRÍPTICOS.

Hay que fastidiarse, y lo bien que me salen, HOYGAN.

A lo mejor es que en el fondo soy una INTENSA. Dios mío, EL HORROR EL HORROR.

Próximamente en sus pantallas: Posts explicados. Para que no digan que no les mimo.

*sereyó, sereyó, esos especímenes que pululan por todas partes y a cuyo género pertenezco y que tan hábilmente fueron nombrados así por GordiPe de mis amores.
Por cierto, que una vez me envió un sereyó de esos un mail quejándose de las múltiples indirectas que le lanzaba y diciéndome que ya valía de machacarle, y todavía me pongo así O_o cada vez que me acuerdo. Porque ni eran posts sobre personas ni tenían nada que ver con él. El sujeto en cuestión tenía dos problemas: gilipollez congénita y paranoia.