lunes, 22 de diciembre de 2014

El aloe revisited

Encontré la casa perfecta. O eso creí entonces. Firmamos papeles y papeles, nos dieron un montón de llaves. Qué emoción, QUÉ NERVIOS. Nuestra casa. Abrimos la puerta.

Entré en la cocina y allí había... un aloe. Un enorme aloe en un enorme macetón. La flamante ex dueña del piso nos lo había dejado, además de kilos de roña, peste a pis de perros y un gusto por la pintura de las paredes un tanto peculiar. Digamos que he visto en películas prostíbulos asiáticos más elegantes.

Pues eso. Un aloe. Otro aloe. Lo miré. Me miró. Suspiré y me dispuse a dejarlo morir.

Pero lo cuidé. Pobre, qué culpa tenía. Pero no. Pero sí. Pero casi. Y cuando ya estaba arrugadito y pocho decidí que pasaba página. Que por mucho que desease que muriese la Malaputa y lo sublimara reflejando esas ganas en él a modo de asesinato vicario, ella no era un aloe. Ni la pobre planta era culpable. Y yo, que soy incapaz de matar a un Sim, tampoco disfruto dejando morir a una planta.

Es mi aloe. Ahora es mi aloe. Y lo sigo teniendo. Aunque sigo creyendo que el mundo sería mejor sin la Malaputa. Y con más aloes.

domingo, 14 de diciembre de 2014

La Aloeicida

Una vez la Malaputa me regaló una planta. Yo no sabía qué hacer con ella. Ni entendía por qué me la había traído. Es verdad que eran “hijos” de su aloe y que también le había traído otros a las demás, pero sigo sin comprenderlo. Si me odiaba, si me hacía la vida imposible, si buscaba la mínima ocasión para hacer daño ¿por qué tener un detalle bueno conmigo? Supongo que por aparentar que nada tenía en mi contra.

Pobre aloe. Él no tenía culpa de nada. Pero yo me negaba a cuidarlo. Lo dejé en casa y no volví a ponerle la vista encima más que para certificar su defunción y tirarlo a la basura.

Al cabo de un tiempo me preguntó por él. No veía por qué mentir, le dije que se me había secado, que no tengo mano para las plantas. Y me trajo otro.

Y también lo dejé morir. Como en “Cría cuervos”, si por casualidad se topaban mis ojos con él, recitaba: quieroquetemuerasquieroquetemueras. Ni agua ni luz ni pena. Era una puta planta, por favor.


Sin embargo, escribo esto. Pobre aloe. Pobre

jueves, 4 de diciembre de 2014

Cuando morí

"Cuando murió mi padre..."

Parece una frase de novela, pero no. Es una sentencia (de muerte) cerrada y completa porque no tiene revés. Cuando murió mi padre, como iba diciendo, la mezcla de ideas y sentimientos era un coctel imposible de sensaciones abstractas. O no sé cómo llamarlas. Sensaciones fuera de la realidad pero tan tangibles. Todo se dio la vuelta y perdí hasta la noción de identidad. No ya del tiempo, que pareció ir hacia atrás y, a ratos, hasta detenerse. Mi padre era yo y yo era mi padre. Como si de repente a mi persona le faltara un trozo que la definía. Mis ojos mirándome desde la foto de su comunión, su boquita apretada como la mía a una edad parecida. Y en sus/mis ojos el pensamiento. Saber qué pensaba en esa foto porque lo pensaba yo. Con sus manitas asiendo el librillo, de blanco.

Papá, yo eres tú. Sobre todo en esa foto. Pero cómo y por qué ya no estoy si sigo estando. Si soy yo la de la foto pero ya no estoy, pero ya no estamos. Como si se hubiera apagado un pedazo de mí misma y ya no supiera quién soy o justificar mi presencia. Tú no podías irte porque estabas en mí pero a la vez estaba el hueco horrible. El de no saber cómo celebrasteis ese día de comunión, el tacto de tu perra, el placer de los corales, los avatares del estraperlo, el mar en la piel.

Sentir que somos la misma persona, yo que tanto me he enorgullecido siempre de nuestros defectos y virtudes. Del despiste que nos hace tantas putadas, de ser demasiado confiados, de la extroversión, de creer que todo lo que viene es bueno, la intolerancia a la frustración y los caprichos. La pasión por la tecnología, el ansia por aprender.

Pero no somos la misma persona. Me ha costado mucho entender que no he muerto yo también y que me arrastraba nuestra identidad común. Me ha costado entender que es justo lo contrario. Que estas vivo en mí porque eres parte de mí para lo bueno y lo malo. Genética y emocionalmente. Que este cachito de corazón renegrido que se me ha muerto es que he envejecido, pero solo un poco, porque me faltas tú. Pero que este mismo rincón es negro de esponja y amor donde atesoro tus/mis ojos, nuestro olor y nuestro dolor.

Descansa en paz, papi. Descansa dentro de mi pecho, entre las costillas, iluminando mis días. Porque vives en mí. Y yo en tu nombre.