jueves, 1 de octubre de 2015

Amuletos

Placebos, ilusiones, clavos ardiendo: algo a lo que agarrarse. Cuando no crees en ningún dios y no hay... ¿esperanza? Es difícil para mi cabeza occidental educada en el politeismo y las supersticiones. Reniego de las mil vírgenes, santos y cristos, de los gatos negros, las escaleras y la mano de Fátima. Y niego lo divino, a voces. Porque tengo que reafirmarme y porque hay una voz más delgadita y fina a la que intento ahogar, pobrecita, con la almohada en mayúsculas del Escepticismo. Niña que me susurra las 8000 divinidades sintoístas: árboles, viento, rocas. Y yo no me rindo, porque los dioses no existen, pero sí esa paz que se expande desde los pulmones, como una luz de los santuarios. No hablo de templos de piedra. Hablo de bosques, agua, tierra. Jardines interiores con cascadas, puentes de madera rojos. Y cuervos. Cuervos negrísimos que brillan como enormes azabaches y gritan con voces humanas. En Japón me han hablado de carpas que se convirtieron en dragones y me han contado que los gorriones traen felicidad. Los miro posados, gorditos y redondos. Y siento que DEBE DE ser así, por qué no. Que yo no creo en nada de eso, pero que contemplarlos me hace bien. Eso no puede ser malo. Y al salir de uno de los templos que he recorrido, compro un amuleto de tela bordada. Porque es bonito,  porque sus colores suaves me hablan de madera, olor a mojado y campanitas de cristal al viento. Y ya no sé si es superstición, pero me hace sonreír y me ilumina por dentro. Y eso, definitivamente, no puede ser malo.