lunes, 29 de octubre de 2012

El don

No hace mucho ni poco, me dijeron que tenía una cualidad positiva (¿en serio?): el don de la observación, el de estar pendiente de pequeños gestos faciales, difusos fruncimientos de ceño, medias sonrisas, miradas y lenguaje corporal. Habría que preguntarse qué tiene de positivo aprender con avidez a buscar gestos de desprecio o confirmación para moverse según lo que no ofenderá o según lo que crees que los demás quieren oír.

Pero cada vez menos. Afortunadamente.

Lo malo es que no sé dónde termina lo observable y empieza la paranoia.

Como cuando creo adivinar en tus ojos una chispa plateada. Como en las pelis de ciencia ficción, como en los dibujos. Chispa de relámpago blanco que me mostrase una escena no deseada. Una escena que, durante ese segundo, se te escapa como un rayo o no te importa derramar, como si la tirases con ballesta. Certera e hiriente. Ese sentimiento flecha que me mata devorándome el hígado cada vez, Prometeo y el águila. Porque ese brillito fugaz de estrella es de odio profundo.

Me odias. Y lo siento en la piel, electricidad en el aire.

Sé también de tu frustración al no poder manifestarlo. Sé de tu rendición. Sé qué te han encadenado. Te han condenado a oírme rebuznar sin posibilidad de escape. Estoy aquí y no eres tú quien podría echarme.

Y otras veces te doy así como un poco de pena, porque intuyes que lo sé. Y eso me descoloca.

domingo, 21 de octubre de 2012

La voz en mi cabeza

Si dices lo que piensas o saben como realmente eres, nadie te va a querer.

Esto lo descubrí en la preadoslescencia, la pubertad y cualquier otro término con el que se quiera etiquetar esa edad incómoda e imposible en la que el mundo es tu enemigo.

Y ahora, a la madurez, cuando crees que sabes que eso no es verdad, a veces sabes que lo es.

 

miércoles, 3 de octubre de 2012

Purpurina

Hoy me sentía un poco sola aquí en el blanco roto de las páginas web. Perdida, sin saber muy bien qué mirar, muerta de aburrimiento y sí, un poco echando algo en falta.

Y entonces te he buscado. Porque creo que es a ti a quien echo de menos. Busco tus huellas y tus palabras para que me den un poco de calor. Pero hoy no estás en ninguna parte.

Así es que lanzo este mensaje en una botella al mar de locos de Internet. Para que no la encuentres. O sí, y te preguntes para qué la purpurina dorada que hay dentro. Y es que es una sonrisa que no he sabido enlatar de otra manera. Te la regalo.

lunes, 1 de octubre de 2012

Terapias y palabros

Ahora resulta que los psicólogos no son psicólogos: son terapeutas, que queda más fino. O que parece que aleja algo la idea de engañabobos que algunos ignorantes tienen de la profesión. Que digo yo que si una señora de la limpieza le verá las ventajas a que ya no la llamen limpiadora. Pues ya os digo yo que no, que he trabajado temporadas de eso y tengo familia que lleva haciéndolo muchos años. Que la dignidad va implícita y no en el término. Que el imbécil que te quiera despreciar lo va a hacer lo mismo te llames psicólogo, terapeuta o Manolo. Y el que te respeta, te respetará igual independientemente de tu etiqueta profesional.

Pero no, no a todos puedo engañarnos. Que hoy en día está más en boga que nunca eso de la titulitis. Más rimbombante, más prestigio. Sólo que el citado prestigio es válido en tanto es otorgado por los mismos cretinos que detentan otros títulos supuestamente prestigiosos.

Vivimos en un mundo de apariencias. Pero esto, señores, no es nuevo. Que nos creemos el ombligo del mundo y no puede ser.

Palabras, palabros, titulitis, cargos en inglés, interdisciplinariedades, gilipolleces en suma.

Y a todo esto yo lo que venía a contar es que me ha dicho mi terapeuta (la psicóloga de toda la vida) que cuando me angustie y no pueda dormir, cuando me despierte con pesadillas y, sobre todo, cuando vaya a recurrir a mi amante dulce y traicionera, la comida, que escriba.

Hala. Y eso hago, que una es muy obediente.