miércoles, 28 de diciembre de 2016

El viaje acompañada

A miles de kilómetros de mi casa. Estaba mirando unas carpas gigantes en un estanque y sentí que no estaba sola. Que lo llevaba dentro, que se asomaba desde mis ojos. Entonces miré con más intensidad y le susurré sin palabras. Y resonaban en mi cabeza las suyas, las que hubieran hecho vibrar el aire al manifestar su asombro.

Como escéptica y ser racional que soy, sabía que no era real. Pero no me importó. Lo sentí. Y eso era bueno. No sé si estaba desde el principio o fue entonces. O ni siquiera ese concepto. El caso es que estaba.

Así es que lo llevé conmigo todo el viaje.

Una luz en el corazón, una presencia cálida y reconfortante. Fui su portadora y le enseñé todo a través de mis ojos, nuestros ojos. Lo llevé protegido y abrazado, disuelto en la sangre pero concreto a ratos. Las golondrinas, los cuervos, los estanques, los árboles, las piedras y las puertas. Los amuletos, los mercados, la gente y los paisajes. De vez en cuando le decía: "¡Mira, papá, qué chulo!". Y me paraba un poco más a respirar profundamente para que las imágenes, la luz y los sonidos nos empaparan bien por dentro. Porque vivirlo yo es vivirlo con todo mi ser, mitad de genes, conexiones neuronales moldeadas por su presencia. Eso dice mi cabecita escéptica para explicar mi corazón irracional.

Y eso fue bueno.

martes, 27 de diciembre de 2016

Grinch

Todas las canciones chirrían, las luces parpadean con punzaditas de malestar en los ojos. Y ese empeño en sonreír porque sí, porque lo marca el calendario, porque es la fiesta de lo kitsch, la histeria de lo hortera. Comer hasta reventar. Caminar hasta reventar. Comprar hasta reventar.

Me he vuelto grinch.

Porque en cada canción, en cada luz que brilla, en cada regalo, en cada comilona, falta él. Y cada canción, cada luz, cada regalo y cada comilona me gritan a la cara que no está.

Y no puedo mirar a otro lado porque absolutamente todo está teñido (embebido, emponzoñado) con la puta Navidad. Ya vayas a poner la radio, comprar un libro o a apuntarte a un taller de manualidades: la temática es siempre la misma. Cansinidad y hartazgo desde noviembre.

Así es que quiero que se apaguen de una puñetera vez las bombillas y que dejen de arañarme los oídos con los SantaClausIsComingToTown, los OnTheFirstDayofChristmasMyTrueLoveGaveToMe, PeroMiraCómoBeben, ConMiBurritoSabanero, las tetas de la Carey, los dientes luminosos del recién fiambre George Michael y las mil horteradas.

Que ya está bien desde noviembre, joder. Ya está bien.

lunes, 19 de diciembre de 2016

El sol

Cuánto me gusta el sol de invierno. Los días helados en los que el sol te quema los párpados y la piel, desmintiendo lo que cuentan: que si es frío, que si tiene dientes.

He pasado cerca de la verja y he visto la piscina. El césped que canta bajo los árboles, recuerdo de besos de cloro. La piscina dormida bajo la capa de invierno gris.

Esconderá este invierno sus dientes y volveré a sentir las gotitas en la piel, las punzadas del calor amarillo, los niños saltando al agua.

Porque me gusta el sol.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Lágrimas en la lluvia

Quisiera abrir un blog nuevo, un blog condenado, como lo que escribiría en él. Fijáos que tontería. A veces pienso en todos los recuerdos que almaceno y que no pueden ser contados. No todos. No por secretos sino porque son un tacto, un olor, pelo, sabor, una luz, un puño cerrado y un pensamiento. Y la estructura que los guarda es esta cabeza, esta masa de células chispitas van chispitas vienen que un día se apagará y ya.
Si un árbol se cae en mitad del bosque etc. PERO si ya nadie recuerda algo, es como si nunca hubiera sido. Y no puedo soportar esa idea.
Y me agarra una angustia estúpida, por lo inútil y sin sentido.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Transferencias

Hay días en los que todo el mundo es hermoso. Me refiero a las personas. No guapas, sino luminosas. Me voy cruzando con ellas y me quedo con detalles precisos.

Otras veces, si alguien sonríe, se me pega en un ejercicio de transferencia y empatía que no sé explicar. Ternura, alegría. Se me encoge algo dentro y siento la campanilla de su risa en mi garganta.
Qué luz tiene la gente cuando sonríe. Así, sola por la calle. 

Hay días que me levanto loca.

domingo, 20 de noviembre de 2016

La vida en rosa

Me repiten y me martillean la cabeza con que deje el antidepresivo. Y yo me he ido entreteniendo como Caperucita, recogiendo flores y admirando el paisaje. Quiero cinco minutitos más. Porque total, ya habrá tiempo. Así es que me agarro con uñas y dientes a la mínima dosis. La que se supone que es prácticamente nada.
Me repiten que no es bueno, que no es natural, que si dependemos de algo externo nunca logramos ser dueños de nuestra vida. Pero es que me piden que renuncie a la vida en rosa. La vida sin sobresaltos, sin grandes alegrías ni emociones pero SIN DOLOR. Y eso es mucho. Sentir que sube un poquito la espuma para bluf, que la rabia no llegue nunca, sólo un malestar en la boca del estómago. Una rabia que quiso subir pero ni llegó a ser. Y lo mismo para las lágrimas. No me jodas, no me jodas. No quiero renunciar a eso. No estoy tan segura de que compense lo de también sentir alegría en mayúsculas y placer.
Pero como en el fondo supongo que tienen razón, soy caperucita buena y le doy la espalda a las flores para coger el camino corto. Sintiendo el aliento del lobo en el cogote, supuestamente libre. Libre de químicos malignos modifiquen lo que debe fluir y sobre lo que debo trabajar. Libre de factores externos. Esclava de mis excesos, esclava de mi carácter, paranoias y agujeros negros. Supuestamente libre. En fin.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Te deseo lo mejor

He oído decir de alguien que "no le deseo nada malo, al revés, todo lo mejor. Que le toque la lotería, que le vaya todo bien; que sea feliz y siga su vida, pero lejos de la mía". Y lo he repetido en alguna ocasión. La última, hace poco. Pero esta vez me corregí.
Qué puñetas quiero que sea feliz y le vaya bien. Lo que quiero es que se joda, que recoja lo que siembra, que reviente o siga caminando, me da igual. Pero eso sí, todo todo, lo que sea: lejos. Decir lo contrario es falso y no engaña nadie. Ni siquiera a mí.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Decisiones

He pasado unos años alejada de muchas cosas por voluntad propia. También de personas. A raiz de uno de estos saltos con los que parece cambiar mi visión de la vida, decido que he cometido algunos errores de juicio y que hay personas que merecen ser recuperadas porque alejarme de ellas sólo estuvo justificado por mi estado en ese punto concreto. Así es que levanto el teléfono, envío whatsapps. El tiempo no parece haber pasado. Es estupendo reencontrar a gente que quedó en el camino. Me siento bien, ya no les tengo miedo ni siento rechazo hacia ellos. También es curioso ver cómo son sin el filtro de la inseguridad y la depresión. Ver sus fantasmas a plena luz. Y flipar. Encontrarme con personas que ya no son gigantes sino chiquititas y frágiles. Volverlas a querer como son, lamentando un poco el tiempo perdido.

Entonces me quedo un poco más, solo un poco, para ir descubriendo capas debajo del entusiasmo del reencuentro y redescubrir por qué me alejé entonces. Y sentir la punzadita de dolor porque, despúes de todo, aunque por las razones equivocadas, la distancia que marqué, las vallas que interpuse, bien puestas estaban. Pero también sentir la punzadita agridulce de que, después de todo, he sido y soy buena emitiendo juicios y que puedo seguir mi instinto. Que sé tomar buenas decisiones.

Una pena que tenga que darme cuenta así.

lunes, 25 de enero de 2016

Metamorfosis y abanicos

Otras veces he mudado la piel, como las serpientes, como los insectos. Pero ahora mantengo la misma, por curtida, por amada, porque es la que tengo y la que me toca. Porque es mía y no quiero cambiarla cuando no lo necesito.
Ahora mudo por dentro o desde dentro. Qué liberación, qué aire fresco entre las costillas. 

Ya no es tan fácil resbalar. La imagen de un pozo a mis pies por el que caigo despacio pero sin remedio ya no es recurrente. He salido por el brocal y ahora piso la hierba mojada. Eso significa frío, humedad, dolor si me clavo una piedrecita; pero sobre todo calor, cosquillas y felicidad. Eso significa vida.

Incluso el miedo es parte de sentirse viva. Esto no es una metamorfosis, es abrazar y comprender lo que soy. Aceptarlo y jugar mis cartas. Y las tengo buenas, lo sé. Algunas me han tocado en suerte y otras las he ganado. Vuelvo a cosas que había olvidado y que estaban a la luz del sol: sentirme capaz, hablar con los extraños, entusiasmarme por las cosas. Ser yo misma sin imponerme ser mi propio juez y condenarme. Porque nadie es juez de nadie. Y porque voy a disfrutar de todo lo que tengo.

He perdido a personas por el camino. Algunas las lamento, otras no tanto. Perder a los que verdaderamente nunca les importé es pura higiene. Profecías autocumplidas y gente sin corazón mezclados. No veo por qué intentar ganarme el aprecio de gente a la que, en el fondo, desprecio. Así de incongruente es una a veces. Adiós.

Hola, abanico de posibilidades, frase manida pero delante de mí: a mi alcance. Y hay tantas opciones, tanto poder para escoger o decidir que puedo ser lo que quiera. Y sé qué es lo que quiero: quiero ser feliz.

sábado, 23 de enero de 2016

Reencontrarse con alguien a quien no conoces

Where are you now?
Cuz I don't want to meet you
I think I'd die--
I think I'd laugh at you--
I think I'd cry--
What am I supposed to do,
Follow you?


Qué desilusión. 
Recuerdo ahora la letra de Careless Memories, de Duran Duran. Me he preguntado que haría si te encontrase un día por casualidad por la calle. Suponía que me quedaría callada, esperando tu reacción. Otras veces se me venía a la cabeza una versión de Aladino en la que el genio había pasado muchísimos años encerrado en la lámpara. Al principio, se prometió cubrir de oro a quien lo sacase y luego fue cambiando el premio hasta enfadarse tanto por ver que nadie lo liberaba, que decidió matar al primero que le hiciera salir. Así pasé del ansia, de la tristeza, de la angustia de ignorar el por qué y del dolor de echarte de menos a la rabia, la desazón y, finalmente, a la indiferencia. Pasé de querer abrazarte a darme la vuelta sin mirarte y luego a... nada. Si algún día me cruzaba contigo, simplemente nada. Como si no fueras quien habías sido, como una conocida cualquiera. Cómo estás, qué tal la familia. Yo bien, gracias.

La indiferencia me ha costado años. Porque necesitaba ENTENDER. Entender por qué mi mejor amiga del alma durante gran parte de mi vida, esa que supuestamente era mi sostén y yo el suyo, había desaparecido del mapa sin mediar palabra. De vernos semanalmente a no cogerme el teléfono ni responder mails o mensajes. Tragada por la tierra. Con frecuencia he soñado que te encontraba y que me pedías disculpas o que me despedías con cajas templadas porque no querías saber nada de mí. Y yo me despertaba y se me saltaban las lágrimas. No sé cómo o por qué te quería tanto.

A raíz de una reunión de ex alumnos me reencuentro con gente de hace 30 años. Y tú debías estar en ese grupo, pero no estabas. Me hablaron de ti, te recordé. Y ahora que había llegado el desapego y que por fin he hecho mío eso de los caminos que se cruzan y se dividen y no exigir nada a nadie, decido que, como no me importa, por qué no mandarte un "hola" sin compromiso. Y zas, respuesta en avalancha: que quieres verme, que cuándo, un día, una hora e incluso un sitio especial para celebrar el momento. ¿Celebrar? No lo entiendo, pero siempre me gusta conocer lugares bonitos.

¿Celebrar? ¿El qué? Borrar de un plumazo los años de desaparición sin explicaciones ni aún cuando no sabía si realmente te había sucedido algo. Bueno, borrados están. No significan ahora apenas nada. Pero no sé qué hay que celebrar si tú ya no eres tú y yo, sobre todo yo, ya no soy yo. Me ha alegrado verte, me ha gustado saber qué ha ocurrido este tiempo. Te he contado un poco sobre mí. No sabías que había muerto mi padre. Ni tantas otras cosas que no sé por qué tendría que contarte. No necesito ponerme al día contigo. 

¿Puede parecer que hablo desde el rencor? No. Hablo desde la sorpresa. No se ha hundido el suelo, no se me han llenado los ojos de lágrimas, no me ha inundado la alegría ni la rabia ni la tristeza. Es que ya no eres. Ya no soy. Eso me apena un poco, pero es normal. Me dices que nada sucedió, que simplemente perdimos el contacto. Yo alucino pepinillos, pero no discuto. Decidiste no estar y ya. Era tu decisión. Crees que es un problema: no lo sé. Para mí no, SIEMPRE QUE LO HUBIERA CONOCIDO. 

Ahora me asombra que de pronto quieras recuperar el tiempo perdido. Pero el tiempo no se recupera. Simplemente fluye. Si quieres algo de mí no tengo ninguna puerta cerrada, pero ya no somos amigas, corazón. No porque yo no quiera, sino porque no lo siento así.

Porque sin etiquetas ni reflexiones, siento cuándo se me alegra el corazón de ver a alguien, y cuándo me pongo a hablar a borbotones porque me encanta su compañía y sus ojos en los míos. O cuándo habla y me bebo sus palabras porque me gusta saber qué piensa, qué opinión tiene, qué pasa en su vida. Y verte estuvo bien, pero no me desbordé, ni tampoco quería saber todo lo que me contases. 

Entiéndeme, fue agradable. Pero no me llenó el corazón, ni fue un día especial en mi vida. De hecho, ni siquiera se lo he contado a L. No por despecho sino por lógica. Cómo voy a seguir queriendo sin medida a alguien de quien se me habían olvidado cosas y que me pareció una completa extraña cuando la reencontré.

A lo mejor volvemos a querernos. No tengo ni idea. Pero de golpe y porrazo seguro que no.