miércoles, 28 de diciembre de 2016

El viaje acompañada

A miles de kilómetros de mi casa. Estaba mirando unas carpas gigantes en un estanque y sentí que no estaba sola. Que lo llevaba dentro, que se asomaba desde mis ojos. Entonces miré con más intensidad y le susurré sin palabras. Y resonaban en mi cabeza las suyas, las que hubieran hecho vibrar el aire al manifestar su asombro.

Como escéptica y ser racional que soy, sabía que no era real. Pero no me importó. Lo sentí. Y eso era bueno. No sé si estaba desde el principio o fue entonces. O ni siquiera ese concepto. El caso es que estaba.

Así es que lo llevé conmigo todo el viaje.

Una luz en el corazón, una presencia cálida y reconfortante. Fui su portadora y le enseñé todo a través de mis ojos, nuestros ojos. Lo llevé protegido y abrazado, disuelto en la sangre pero concreto a ratos. Las golondrinas, los cuervos, los estanques, los árboles, las piedras y las puertas. Los amuletos, los mercados, la gente y los paisajes. De vez en cuando le decía: "¡Mira, papá, qué chulo!". Y me paraba un poco más a respirar profundamente para que las imágenes, la luz y los sonidos nos empaparan bien por dentro. Porque vivirlo yo es vivirlo con todo mi ser, mitad de genes, conexiones neuronales moldeadas por su presencia. Eso dice mi cabecita escéptica para explicar mi corazón irracional.

Y eso fue bueno.

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