Mi nombre

Mi nombre es uno de esos nombres largos que suelen romperse por el mismo sitio. Y ese diminutivo no me gusta. Cuando lo oigo, siento un pellizco de monja a la altura de mis años. Porque por una fracción de segundo, seguro que menos, me veo chiquita y es la voz de mi madre la que me llama.

Tengo un problema con eso. Es la voz de la castración, de mi infancia dominada, de la niña dócil a base de palos (no necesariamente físicos, esos fueron las cuatro tortas de rigor que muchos de mi generación hemos recibido). Es la voz de la incomprensión, es el dolor y las ganas de llorar que tantas veces me tragué porque no servían más que para empeorar la situación y ser objeto de burla por débil. Y mi madre no quería que yo lo fuera. Erró completamente en el método. Y consiguió una hija débil como pocas, con la autoestima por el suelo, que se avergonzaba de sus logros y escondía su fragilidad.

Me pregunto con dolor (esta es la palabra conductora, y no mi nombre, de este post) por qué apenas recuerdo los buenos momentos o no me producen más placer. Por qué no soy capaz de escribir todo lo TODO que es para mí esto que estoy tocando. Por qué ahora mismo me duele con tanta pena y tan agudo, tan profundo.

Mi nombre es esa niña asustada y perdida que se pasaba las noches en blanco tiritando bajo la manta de puro miedo. Esa que se dormía de puro cansancio y que un día casi se ahoga con tanto taparse. Mi nombre son años de rencor y de incomprensión pura y dura. Porque yo no entendía.

Mi nombre. Ese que cambié. Cambios de imagen, de redistribución de los muebles de mi cuarto, de amigos, de trabajo. Y el GRAN CAMBIO para dejarlo todo atrás pero que te persiga como a un fantasma de pega su cadena con remate de bola.

No quiero volver, no quiero que me recuerden cuál es mi nombre. Y una de las cosas que más me cuesta controlar es la rabia al oír cosas como "se llama TAL pero DICE que se llama CUAL". ¿Qué narices sabrás tú?

¿Qué sé yo de los demás y que saben ellos de mí para ir juzgando?

Mi nombre será ese, pero ya no es reconocido. Ahora es símbolo de lo que fui y adonde no quiero volver. De mis carencias y dolor (otra vez, sí). Yo YA no soy esa. Yo soy aquí y ahora. Respetadme.

Comentarios

  1. Es curioso cómo nos define a veces, o nos influye, cómo nos llaman. Y cómo, en un momento de nuestras vidas, quizás decidimos cambiarlo porque nos ayuda a alejarnos de lo que fuimos y nos lleva a lo que queremos ser. Lo has escrito TAN BIEN...

    Y esto me recuerda a la reflexión eterna sobre el nick que hemos elegido, ya de adultos, para presentarnos en la sociedad virtual, que para algunos ha sido también una auténtica catarsis.

    Creo que empiezo a entenderte...

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    1. Este es de esos posts que nunca salen. A lo mejor por eso te ha gustado. No poder publicar lo que quiero hace que sólo publique mierdas.

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  2. Qué bonito! Me siento muy identificada. Es algo que cuesta dejar atrás porque todos nos reconocen por ese nombre (al menos todos los de nuestro pasado, ese pasado al que no queremos volver).

    Saludos
    yapagalaluz.blogspot.com

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    1. Los de nuestro pasado, sí. Y es prácticamente imposible sustraerse a ello. Hay que aceptar e integrar el pasado porque, total, somos la misma persona... O no.

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  3. A mi me gusta llamarte Bere, aunque sepa tu nombre "real". Y me gusta cuando me llaman Fle, porque me da la sensación de que la gente que me llama así conoce la parte de mi que más me gusta. Y no entiendo por qué la gente se mete donde no la llaman, ya no solo por el nombre, en realidad, por todo. Joer, se nota que es gratis!

    Como sea, lo que Gordi dice del tema de los nicks, elegidos por nosotros libremente, da para mucho post y es muy curioso. A ver si un día nos sentamos con unas cañitas y nos explicamos las historias de nuestros nombres virtuales, en modo kedada. :)

    besos, guapa.

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